Ovidio escribió que Dédalo fue un prestigioso arquitecto, muy respetado en su ciudad natal, Atenas. Pero como humano no estaba libre de pecado. Tenía celos de su sobrino y aprendiz, Talus, un joven prometedor destinado a ser su sucesor. En un momento de ofuscación intentó matarlo tirándolo desde lo alto de la ciudadela sagrada de Minerva. Pero la diosa Palas transformó al muchacho en pájaro "cubriéndolo de plumas mientras caía" (Ovidio 186). Por este crimen Dédalo fue exiliado a Creta para servir al Rey Minos. Allí tuvo más tarde un hijo, Icaro, con la bella Náucrate, esclava y amante del rey. Minos encargó a Dédalo la construcción del famoso laberinto donde habría de recluirse el Minotauro, un temible monstruo antropófago protegido por el rey. Dédalo hizo el laberinto, pero no supo guardar el secreto. Al revelar el misterio del laberinto a Ariadna (hija del rey) dio pie a la muerte del Minotauro a manos de Teseo (amante de Ariadna). Minos, al descubrir la traición, encerró a Dédalo junto con su hijo en el laberinto. Para escapar, Dédalo diseñó unas alas hechas con plumas de ave y cera, para él y para su hijo. Antes de volar hacia la libertad advirtió a Icaro que no debía volar demasiado bajo - a riesgo de que sus alas tocasen el agua y se mojasen - ni tampoco demasiado alto - pues el Sol podría derretir la cera. Pero el joven Icaro, abrumado por su recién descubierta capacidad de volar, olvidó las advertencias de su padre y voló demasiado alto. La cera de sus alas se fundió y provocó su caída al mar y su muerte.
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